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El maridaje de la literatura con el vino

14 de Enero, 2016 | en Noticias, Últimas noticias

El vino y la literatura se maridaron en la Antigua Grecia y desde entonces la pareja se mantiene. El vino griego –elaborado siglos antes de Cristo, ya con procedimientos aún vigentes- enriqueció la cultura helénica.

Por MARCELO ORTALE

El vino y la literatura se maridaron en la Antigua Grecia y desde entonces la pareja se mantiene. El vino griego –elaborado siglos antes de Cristo, ya con procedimientos aún vigentes- enriqueció la cultura helénica. El historiador Tucídides destacó que “los pueblos del Mediterráneo empezaron a emerger de la barbarie cuando aprendieron a cultivar olivos y vides”. Pasaron desde entonces tres mil años y ambos, vino y literatura, siguen enamorados. Los jóvenes escritores de hoy tienen, también, al vino como un tema. Las mujeres escritoras de la actualidad se sumaron ahora a esa sociedad creativa y amistosa.

Otro escritor heleno, Alcmán (siglo VII a de C.) fue el primero en la historia de la humanidad que dio el nombre de una marca de vino. Se llamaba el “Dénthis” y era producido en el monte Taigeto, en Mesenia. Aristóteles habló de un vino “lemnio”, al que se atribuye ser el antecesor de la actual variedad “Lemnió”.

El poeta Eubulo fue quien aconsejó que tres cuencos o vasos de vino eran la cantidad adecuada para consumir. El primer cuenco, para la salud; el segundo, para el amor y el placer; el tercero, para dormir. A partir de ahí, dice, el consumo se agrava: el cuarto vaso ya no es nuestro, sino que pertenece a la violencia; el quinto, al tumulto: el sexto al regodeo del beodo; el séptimo, a los ojos negros; el octavo es el de la policía; el noveno pertenece a la bilis y el décimo a la locura. Ese es el viaje griego del vino –no recomendable- que va de la salud a la demencia.

Para vencer al gigante Polifemo, Ulises le ofrece una bebida que el gigante no conocía, que es el vino y que lo duerme, oportunidad que aprovecha Ulises se para dejarlo ciego al clavarle una estaca en su único ojo. Ulises, que se caracterizaba por su inteligencia, utiliza el vino para derrotar a un personaje que representa a la barbarie.

Lo cierto es luego de encontrar cuna en el prestigioso Mediterráneo, que bañó las principales culturas de la antigüedad –las de Grecia, Roma y Egipto- el vino se derramó generoso hacia todas las direcciones del planeta, irradiando junto a su amada literatura las bases firmes que aún sostienen al arte y la ciencia de la humanidad.

EL VINO EN ESPAÑA

“El vino, como motivo, está presente en las letras españolas desde principios del siglo XIII. A las páginas de nuestra rica historia literaria se asoman también desde entonces sus consumidores. A través de éstos – de sus testimonios y de sus acciones – encontramos los argumentos que han hecho de esta bebida un elemento de cohesión cultural”, dice el escritor manchego Isidoro Villalobos Racionero en su trabajo “El vino en las letras españolas”.

Luego de reseñar una inabarcable serie de libros y autores españoles que tocaron este tema, dice Villalobos Racionero que “antes que otra cosa hay que empezar señalando que aquí, en España, decir “vino y literatura” es tanto como , afirmar “vida”. Sí, ; nuestra vida como comunidad – donde quiera que pongamos históricamente el origen – está vinculada de siempre a la cultura que hizo del Mediterráneo su mar. Desde comienzos del siglo IV, la importancia del cristianismo en la conformación de dicha cultura fue esencial. Y, prácticamente, desde entonces, la Biblia se convirtió en un referente obligado para los cristianos”.

Alguno de los casi épicos emigrantes españolas que llegaron a nuestras tierras a fines del siglo XIX ponía de relieve –para defender, si se quiere, con cierta ampulosidad la importancia del vino- que “el primer milagro que hizo Cristo fue convertir el agua en vino en las bodas de Canáa”.

Una reseña sobre el Eclesiastés, o sea de dos siglos antes de Cristo, destaca que el texto bíblico dice que si se bebe “con medida”, el vino conserva la salud, endulza la vida, alegra el corazón, fortalece el cuerpo, templa el ingenio y devuelve el optimismo al espíritu atribulado. En cambio, bebido con exceso quita el juicio, disminuye las fuerzas, provoca pendencias, envilece y termina por arruinar.

Cruzando el mar del Norte y ya en la Inglaterra de 1600, William Shakespeare creaba entonces a uno de sus personajes, Falstaff, un hombre algo obeso, cómico, alegre y gran bebedor. En la obra inmortal, Falstaff realiza una encendida defensa del vino llamado “sack” en Gran Bretaña, una suerte de vino blanco predecesor del jerez que se importaba de España. “Un buen sack contiene en sí un doble efecto. Primero sube al cerebro; allí se encarga de secar todo lo estúpido, aburrido y grumoso que hay en el entorno. Lo vuelve aprehensivo, ágil, sagaz, lleno de exaltada astucia y de exquisitas formas”, decía Falstaff. Y luego, añadía, traslada ese entusiasmo a la voz.

Ya mucho más acá, cuando el siglo pasado transitaba por su tercera década, un escritor norteamericano escribió en Francia un libro que aún está de moda: “París era una fiesta”. Se trataba de Ernest Hemingway, cuya relación con el alcohol fue siempre muy conocida. En esa novela de felices memorias dice: “en ese entonces en Europa considerábamos al vino algo tan normal y saludable como la comida, además de una bebida capaz de brindarte felicidad, bienestar y placer. Beber vino no era un esnobismo ni un signo de sofisticación ni de cultura; era algo tan natural como alimentarse y, para mí, tan necesario como eso. No se me hubiera ocurrido sentarme a comer algo sin beber, ya sea vino, sidra o cerveza. Me encantaban todos los vinos, excepto los vinos dulces o los que eran muy pesados”.

EL FOLCLORE, EL TANGO

Si bien la mayoría de los escritores argentinos tiene trabajos en los que menciona o estudia el tema del vino, es en el folclore y en el tango donde la bebida se derrama en generosas metáforas. Una primera curiosidad podría darse en que existe una cueca que se llama “El mareao” y, a su vez un tango que se llama igual, pero en plural: “Los mareados”.

La cuequita que cantan sobre todo Los Chalchaleros, compuesta por Francisco Rodríguez, es la que dice “Estuve un rato cantando / en el boliche vecino/ y ya me estaba mareando/ con el olorcito a vino” y sigue más adelante: “Como que me voy/ como que me vengo/ me voy a caer si no me sostengo/ como que me caigo/ como que me voy/ Ay! mamita que mareao estoy”.

En el folklore sobresalió la personalidad de Jaime Dávalos, bien llamado como el “poeta del vino”, para quien nuestro país tenía cuatro puntos cardinales, que definía así: “Norte, el hombre es tierra que anda./ Sur, horizonte redondo,/ Este, litoral legendario de las lluvias. /Oeste, montaña mineral del vino”.

Nadie supo demasiado –porque el secreto lo guardaron celosamente- que Dávalos y Eduardo Falú venían a componer sus inolvidables canciones a una pequeña casita del entonces casi despoblado City Bell. Sobre todo venían cuando Dávalos andaba necesitado de dinero para terminar levantar una casa, enorme, inconcebible, que hizo construir en los valles Calchaquíes “y entonces necesito que el Turco Falú, que es un gran amigo, me saque de apuros y compongamos algo para juntar plata con los derechos de autor”. Decía Jaime que “el único combustible que traemos para componer son dos o tres damajuanas de vino”.

Una reseña sobre el Eclesiastés, o sea de dos siglos antes de Cristo, destaca que el texto bíblico dice que si se bebe “con medida”, el vino conserva la salud, endulza la vida, alegra el corazón, fortalece el cuerpo, templa el ingenio y devuelve el optimismo al espíritu atribulado. En cambio, bebido con exceso quita el juicio, disminuye las fuerzas, provoca pendencias, envilece y termina por arruinar

En cuanto a la otra música popular, la letra del tango “Los mareados”, de ese formidable poeta que fue Enrique Cadícamo, dice: “Rara…/como encendida/te hallé bebiendo/linda y fatal…/Bebías/y en el fragor del champán,/loca, reías por no llorar…/Pena/ me dio encontrarte/pues al mirarte/yo vi brillar/tus ojos/ con un eléctrico ardor,/tus bellos ojos que tanto adoré…/Esta noche, amiga mía,/el alcohol nos ha embriagado…/¡Qué me importa que se rían/y nos llamen los mareados!…/Cada cual tiene sus penas/y nosotros las tenemos…/esta noche beberemos/porque ya no volveremos/a vernos más…/Hoy vas a entrar en mi pasado, /en el pasado de mi vida…/Tres cosas lleva mi alma herida: / amor..pesar…dolor… / Hoy vas a entrar en mi pasado/ y hoy nuevas sendas tomaremos…/ ¡Qué grande ha sido nuestro amor!… /Y, sin embargo, ¡ay!,/ mirá lo que quedó”.

Pero hay otras letras emblemáticas en tangos como “La última curda” de Cátulo Castillo (“la vida es una herida absurda..”), que destacan la injerencia del vino en las pinturas cotidianas del amor y de las frustraciones de una sociedad.

NUEVOS ACTORES

La escritora y catedrática Carme Riera escribió hace poco un ensayo en el que destaca la creciente –y novedosa- presencia de las mujeres en espacios en los que antes apenas si se las tenía en cuenta. “Escribo este artículo mientras en muchos lugares de España se celebran fiestas de la vendimia, en las que se brinda por los vinos de la nueva cosecha, lo que me da pie a reflexionar sobre “mujeres y vinos”. Es un ámbito, el del vino, ligado como tantos y tantos otros al usufructo masculino, y en el que, no obstante, empiezan a contar las mujeres y no a modo de excepción”

También en España, en fecha reciente, se editó un libro titulado “Cuarenta microrelatos- Diez jóvenes y un vino único”, en el que varios escritores recién salidos del horno compitieron con narraciones muy breves. Una de ellas, perteneciente a José Luis Saldaña, dice así: “Mientras esperaba en la mesa, froté la botella de vino. Un genio salió y me dijo: -Eres afortunado. Te concedo un deseo. — Entra en la botella —le respondí—, y conviértete en el mejor vino posible para esta velada”.

Fuente: http://www.eldia.com/septimo-dia/el-maridaje-de-la-literatura-con-el-vino-104464

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